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	<title>Comentarios en: El vacío tras la OEA</title>
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	<description>Discusión, Café y Análisis</description>
	<pubDate>Sat, 20 Mar 2010 13:57:48 +0000</pubDate>
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		<title>Por: JORGE</title>
		<link>http://colorprimario.hondublogs.com/2009/06/04/el-vacio-tras-la-oea/comment-page-1/#comment-29</link>
		<dc:creator>JORGE</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 23 Jul 2009 17:09:21 +0000</pubDate>
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		<description>Mas claro no lo podemos tener este comentario tan acertado ,no se que nos esta pasando porque estamos dando cavida a una ideologia que nunca ha sido nuestra , me pregunto donde tenemos el amor y el nacionalismo por la patria que permitimos que politicos payasos decidan que es lo que queremos ,tenemos que estar vigilante a que gente extrangera tenga que meterse en cosas que solamente nos corresponde a los hondureños. respecto a la OEA es un organismo con falta de creidivilidad por que los petrodolares de hugo chavez son los que tocan el son para que los payasos lo bailen ( que bonito circo el mono tocando y los demas aplaudiendo ) .</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Mas claro no lo podemos tener este comentario tan acertado ,no se que nos esta pasando porque estamos dando cavida a una ideologia que nunca ha sido nuestra , me pregunto donde tenemos el amor y el nacionalismo por la patria que permitimos que politicos payasos decidan que es lo que queremos ,tenemos que estar vigilante a que gente extrangera tenga que meterse en cosas que solamente nos corresponde a los hondureños. respecto a la OEA es un organismo con falta de creidivilidad por que los petrodolares de hugo chavez son los que tocan el son para que los payasos lo bailen ( que bonito circo el mono tocando y los demas aplaudiendo ) .</p>
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		<title>Por: WWW.ELVERAZ.COM</title>
		<link>http://colorprimario.hondublogs.com/2009/06/04/el-vacio-tras-la-oea/comment-page-1/#comment-19</link>
		<dc:creator>WWW.ELVERAZ.COM</dc:creator>
		<pubDate>Sun, 07 Jun 2009 22:35:07 +0000</pubDate>
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		<description>Es razonable que los países de las Américas tengan una plaza diplomática en la que encontrarse para examinar los asuntos comunes. Eso, aparentemente, es la OEA, pero hay que admitir que la institución nació en 1948 como una trinchera de la guerra fría. Hasta ese momento a Estados Unidos no le interesaba demasiado discutir colectivamente con la veintena de naciones latinoamericanas. Para Washington era mucho más fácil entenderse bilateralmente con cada una de ellas.
Tras la Segunda Guerra Mundial el panorama era diferente. Ya a fines de 1944, todavía sin concluir el conflicto, las tropas británicas habían tenido que desalojar a los comunistas de Atenas a tiro limpio. Con una mano peleaban con los nazis y con la otra con los ''aliados'' marxistas-leninistas. En 1947, sin duda, la guerra fría había estallado ruidosamente. Para Harry Truman (y para Stalin, desde la perspectiva contraria) el peligro era obvio: tras el espasmo imperial de la URSS en Europa y el avance de los comunistas en China, resultaba inevitable el enfrentamiento por la hegemonía planetaria entre las democracias capitalistas y las dictaduras colectivistas. Según los teóricos del Kremlin, se acercaba el minuto de ''la lucha final'' que anuncia el pegajoso himno de La internacional.
Washington y Moscú comenzaron a afilar los sables y a cavar trincheras. La URSS tenía una estrategia de conquista muy bien aceitada desde la era de Lenin y contaba con la valiosa colaboración de los comunistas locales. Estados Unidos, rápidamente, comenzó por organizar la defensa de América para resguardar su propio territorio. En 1947 reunió en Río de Janeiro a los países latinoamericanos para firmar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), versión modesta de lo que pronto sería la filosofía clave de la OTAN: todas las naciones responderían conjuntamente si una de ellas fuera atacada. Un año más tarde, en abril de 1948, se forjaba la OEA en Bogotá. Sin proclamarlo abiertamente, era el foro político y diplomático destinado a concertar la defensa frente a los embates de la URSS. Naturalmente, los grandes escenarios de batalla eran Europa y Asia, pero el presidente Truman no quería descuidar el campo americano. 
Finalmente, en noviembre de 1989 fue derribado el muro de Berlín y, un par de años más tarde, con la disolución de la URSS y la desaparición del bloque comunista europeo, concluía la guerra fría. Estados Unidos y sus aliados la habían ganado y tenían que adaptarse a la cómoda hospitalidad de un mundo nuevo y diferente en el que la sociedad americana, por primera vez en su historia, no parecía afrontar ningún enemigo externo que pusiera en peligro su seguridad o amenazara su pasmosa vitalidad económica.
Como parte de esa nueva etapa vino el rediseño de la OEA. La institución ya no tenía sentido como trinchera anticomunista (nunca lo tuvo, realmente) y había que buscarle un nuevo rol: serviría para afianzar el comportamiento democrático y la defensa de la economía de mercado, más o menos como hacían las naciones del viejo continente dentro de la Unión Europea con los llamados Criterios de Copenhague y los Acuerdos de Maastricht. Era el fin de la historia: no había más opciones que la democracia liberal y el mercado. 
Vana ilusión. Es una coincidencia casi borgiana que la firma de la Carta Democrática que redefinía y precisaba el perfil político de los países miembros de la OEA se firmara en Lima, precisamente el 11 de septiembre de 2001, el día en que los terroristas de Al Qaida atacaban New York y Washington. Súbitamente, había terminado el breve periodo de hegemonía estadounidense sin enemigos. Otra vez la seguridad norteamericana estaba bajo amenaza.
¿Y la OEA? Curiosamente, ya no les sirve a los intereses políticos o estratégicos de Estados Unidos. Está muy influida por la corriente de lo que llaman el ''socialismo del siglo XXI'' acaudillada por Hugo Chávez bajo la dirección de los hermanos Castro y el control de los servicios secretos cubanos. ¿En qué consiste? Es una familia política militantemente antioccidental, aliada a todos los enemigos de los intereses y valores de la sociedad norteamericana --Irán, Corea del Norte, Bielorrusia, las FARC colombianas--, convencida de que tiene como sagrada misión histórica recuperar la causa traicionada por los decadentes comunistas europeos cuando disolvieron la URSS y abandonaron la lucha por un planeta más justo dominado por las ideas marxistas. Es el mismo socialismo del siglo XX, pero con poncho y en alpargatas.
Ahora, ¿qué va a hacer Estados Unidos frente a este nuevo reto de ''baja intensidad''? Cruzarse de brazos no suele ser una postura habitual norteamericana. Sin embargo, cualquier estrategia que decida poner en marcha en defensa de sus intereses y principios frente al socialismo del siglo XXI tiene que partir de una melancólica convicción: la OEA ya no les sirve para nada. Tienen al enemigo en casa.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Es razonable que los países de las Américas tengan una plaza diplomática en la que encontrarse para examinar los asuntos comunes. Eso, aparentemente, es la OEA, pero hay que admitir que la institución nació en 1948 como una trinchera de la guerra fría. Hasta ese momento a Estados Unidos no le interesaba demasiado discutir colectivamente con la veintena de naciones latinoamericanas. Para Washington era mucho más fácil entenderse bilateralmente con cada una de ellas.<br />
Tras la Segunda Guerra Mundial el panorama era diferente. Ya a fines de 1944, todavía sin concluir el conflicto, las tropas británicas habían tenido que desalojar a los comunistas de Atenas a tiro limpio. Con una mano peleaban con los nazis y con la otra con los &#8221;aliados&#8221; marxistas-leninistas. En 1947, sin duda, la guerra fría había estallado ruidosamente. Para Harry Truman (y para Stalin, desde la perspectiva contraria) el peligro era obvio: tras el espasmo imperial de la URSS en Europa y el avance de los comunistas en China, resultaba inevitable el enfrentamiento por la hegemonía planetaria entre las democracias capitalistas y las dictaduras colectivistas. Según los teóricos del Kremlin, se acercaba el minuto de &#8221;la lucha final&#8221; que anuncia el pegajoso himno de La internacional.<br />
Washington y Moscú comenzaron a afilar los sables y a cavar trincheras. La URSS tenía una estrategia de conquista muy bien aceitada desde la era de Lenin y contaba con la valiosa colaboración de los comunistas locales. Estados Unidos, rápidamente, comenzó por organizar la defensa de América para resguardar su propio territorio. En 1947 reunió en Río de Janeiro a los países latinoamericanos para firmar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), versión modesta de lo que pronto sería la filosofía clave de la OTAN: todas las naciones responderían conjuntamente si una de ellas fuera atacada. Un año más tarde, en abril de 1948, se forjaba la OEA en Bogotá. Sin proclamarlo abiertamente, era el foro político y diplomático destinado a concertar la defensa frente a los embates de la URSS. Naturalmente, los grandes escenarios de batalla eran Europa y Asia, pero el presidente Truman no quería descuidar el campo americano.<br />
Finalmente, en noviembre de 1989 fue derribado el muro de Berlín y, un par de años más tarde, con la disolución de la URSS y la desaparición del bloque comunista europeo, concluía la guerra fría. Estados Unidos y sus aliados la habían ganado y tenían que adaptarse a la cómoda hospitalidad de un mundo nuevo y diferente en el que la sociedad americana, por primera vez en su historia, no parecía afrontar ningún enemigo externo que pusiera en peligro su seguridad o amenazara su pasmosa vitalidad económica.<br />
Como parte de esa nueva etapa vino el rediseño de la OEA. La institución ya no tenía sentido como trinchera anticomunista (nunca lo tuvo, realmente) y había que buscarle un nuevo rol: serviría para afianzar el comportamiento democrático y la defensa de la economía de mercado, más o menos como hacían las naciones del viejo continente dentro de la Unión Europea con los llamados Criterios de Copenhague y los Acuerdos de Maastricht. Era el fin de la historia: no había más opciones que la democracia liberal y el mercado.<br />
Vana ilusión. Es una coincidencia casi borgiana que la firma de la Carta Democrática que redefinía y precisaba el perfil político de los países miembros de la OEA se firmara en Lima, precisamente el 11 de septiembre de 2001, el día en que los terroristas de Al Qaida atacaban New York y Washington. Súbitamente, había terminado el breve periodo de hegemonía estadounidense sin enemigos. Otra vez la seguridad norteamericana estaba bajo amenaza.<br />
¿Y la OEA? Curiosamente, ya no les sirve a los intereses políticos o estratégicos de Estados Unidos. Está muy influida por la corriente de lo que llaman el &#8216;&#8217;socialismo del siglo XXI&#8221; acaudillada por Hugo Chávez bajo la dirección de los hermanos Castro y el control de los servicios secretos cubanos. ¿En qué consiste? Es una familia política militantemente antioccidental, aliada a todos los enemigos de los intereses y valores de la sociedad norteamericana &#8211;Irán, Corea del Norte, Bielorrusia, las FARC colombianas&#8211;, convencida de que tiene como sagrada misión histórica recuperar la causa traicionada por los decadentes comunistas europeos cuando disolvieron la URSS y abandonaron la lucha por un planeta más justo dominado por las ideas marxistas. Es el mismo socialismo del siglo XX, pero con poncho y en alpargatas.<br />
Ahora, ¿qué va a hacer Estados Unidos frente a este nuevo reto de &#8221;baja intensidad&#8221;? Cruzarse de brazos no suele ser una postura habitual norteamericana. Sin embargo, cualquier estrategia que decida poner en marcha en defensa de sus intereses y principios frente al socialismo del siglo XXI tiene que partir de una melancólica convicción: la OEA ya no les sirve para nada. Tienen al enemigo en casa.</p>
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		<title>Por: WWW.ELVERAZ.COM</title>
		<link>http://colorprimario.hondublogs.com/2009/06/04/el-vacio-tras-la-oea/comment-page-1/#comment-18</link>
		<dc:creator>WWW.ELVERAZ.COM</dc:creator>
		<pubDate>Sun, 07 Jun 2009 22:34:34 +0000</pubDate>
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		<description>La batalla diplomática en torno al regreso de Cuba a la OEA fue un laberinto de paradojas. Venezuela y sus aliados (Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Honduras) queriendo que la isla regresara a la institución, de la que fue expulsada en 1962 por su vinculación al marxismo leninismo. Estados Unidos y Canadá opuestas, porque la Carta Democrática, firmada en el 2001 por todos los estados miembros (incluida la Venezuela de Chávez), exige que las naciones miembros gocen de pluralidad política, elecciones libres y se respeten los derechos humanos, panorama muy distante de la realidad estalinista de palo y terror que impera en Cuba. 
En el medio de esas fuerzas encontradas, en un papel poco airoso, encontro al abrumado chileno José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, quien un día afirmaba una cosa y al siguiente la contraría, con lo cual no pasará a la historia como un modelo de integridad intelectual, pero sí como el hombre que liquidó el principio de identidad de Parménides: en su novedosa filosofía, una cosa puede ser y no ser al mismo tiempo. Cuba puede ser una dictadura, como reconoce, y pertenecer a una institución que rechaza las dictaduras, como mandan los papeles de la OEA. ¿Por qué lo hace? Según los malpensados, porque le debe su cargo a Hugo Chávez. Según sus amigos, porque desde de la OEA sería más fácil impulsar los cambios democráticos dentro de la isla.
El gobierno de los Castro, por su parte, no tiene interés en reingresar a la OEA. A lo largo de los años, Fidel, que es un consumado insultador, la ha llamado ''ministerio de colonias'', ''prostíbulo de los americanos'', ''maloliente'' y otras lindezas. La última andanada es muy reciente: el 11 de mayo pasado calificaba a la OEA de ''podrida'' y le negaba el derecho a juzgar la realidad cubana desde una perspectiva ética. No puede olvidarse que Fidel Castro debutó en la vida pública en abril de 1948, cuando estudiaba derecho, como miembro de una delegación de jóvenes radicales de varios países reunidos en Colombia por invitación y a cuenta de Perón, presidente de Argentina, quien entonces organizara un ''congreso antiimperialista internacional'' en Bogotá para protestar contra la creación de la OEA en esa ciudad. Han pasado 61 años y Fidel Castro, hombre de ''culillos'' o ideas fijas, Peter Pan de barricada que no madura ni aprende, sigue odiando a la OEA. 
En todo caso, esta batalla, que tiene cierto costo para el chavismo, tampoco beneficia al gobierno de Cuba, que percibe el conflicto como una suerte de humillación. Todo sucede, además, en el peor momento para los Castro, en medio de una aguda crisis económica de la que pretenden salir, estúpidamente, con más controles y mayor represión, pese a medio siglo de experiencias negativas con esos métodos, y cuando se palpa una total frustración dentro de los cuadros y militantes del partido comunista. Ante la ausencia total de las ''reformas estructurales'' prometidas por Raúl Castro, los desmoralizados militantes ya saben que ese sistema y ese gobierno, a medio o largo plazo, no tienen salvación porque son incapaces de regenerarse.
Este estado de desánimo general se comprobó en la encuesta secreta realizada por el partido comunista en la Universidad de La Habana a fines del 2008: en un universo de 30,000 personas, supuestamente simpatizantes, sólo el 8% de los profesores y administradores, y apenas el 22% de los estudiantes, apoyaba realmente al gobierno. La inmensa mayoría quería poner fin cuanto antes a ese viejo y desacreditado disparate. La encuesta, por cierto, fue una de las causas de la expulsión de su cargo de Juan Vela, ministro de Educación Superior, quien la autorizó, probablemente convencido de que los predecibles resultados (aunque nunca pensó que fueran tan demoledores) servirían como una llamada de atención frente al inmovilismo del gobierno.
La paradoja mayor, sin embargo, es la relación que se percibe en Cuba entre la supervivencia de Fidel Castro y la creciente deslegitimación de Raúl como su heredero. Mientras más tiempo continúe vivo Fidel, con su terco y congelado estalinismo, más débil y repudiado llegará Raúl al ''gran entierro'', y menos posibilidades tendrá de organizar la transmisión de la autoridad dentro de las instituciones comunistas cuando él también decida morirse. Ya lleva casi tres años de gobierno y la situación, lejos de mejorar, ha empeorado intensamente. Fidel, durante toda su existencia, construyó a su antojo la vida de su hermano Raúl. Ahora le está cavando una fosa profunda e innoble.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>La batalla diplomática en torno al regreso de Cuba a la OEA fue un laberinto de paradojas. Venezuela y sus aliados (Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Honduras) queriendo que la isla regresara a la institución, de la que fue expulsada en 1962 por su vinculación al marxismo leninismo. Estados Unidos y Canadá opuestas, porque la Carta Democrática, firmada en el 2001 por todos los estados miembros (incluida la Venezuela de Chávez), exige que las naciones miembros gocen de pluralidad política, elecciones libres y se respeten los derechos humanos, panorama muy distante de la realidad estalinista de palo y terror que impera en Cuba.<br />
En el medio de esas fuerzas encontradas, en un papel poco airoso, encontro al abrumado chileno José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, quien un día afirmaba una cosa y al siguiente la contraría, con lo cual no pasará a la historia como un modelo de integridad intelectual, pero sí como el hombre que liquidó el principio de identidad de Parménides: en su novedosa filosofía, una cosa puede ser y no ser al mismo tiempo. Cuba puede ser una dictadura, como reconoce, y pertenecer a una institución que rechaza las dictaduras, como mandan los papeles de la OEA. ¿Por qué lo hace? Según los malpensados, porque le debe su cargo a Hugo Chávez. Según sus amigos, porque desde de la OEA sería más fácil impulsar los cambios democráticos dentro de la isla.<br />
El gobierno de los Castro, por su parte, no tiene interés en reingresar a la OEA. A lo largo de los años, Fidel, que es un consumado insultador, la ha llamado &#8221;ministerio de colonias&#8221;, &#8221;prostíbulo de los americanos&#8221;, &#8221;maloliente&#8221; y otras lindezas. La última andanada es muy reciente: el 11 de mayo pasado calificaba a la OEA de &#8221;podrida&#8221; y le negaba el derecho a juzgar la realidad cubana desde una perspectiva ética. No puede olvidarse que Fidel Castro debutó en la vida pública en abril de 1948, cuando estudiaba derecho, como miembro de una delegación de jóvenes radicales de varios países reunidos en Colombia por invitación y a cuenta de Perón, presidente de Argentina, quien entonces organizara un &#8221;congreso antiimperialista internacional&#8221; en Bogotá para protestar contra la creación de la OEA en esa ciudad. Han pasado 61 años y Fidel Castro, hombre de &#8221;culillos&#8221; o ideas fijas, Peter Pan de barricada que no madura ni aprende, sigue odiando a la OEA.<br />
En todo caso, esta batalla, que tiene cierto costo para el chavismo, tampoco beneficia al gobierno de Cuba, que percibe el conflicto como una suerte de humillación. Todo sucede, además, en el peor momento para los Castro, en medio de una aguda crisis económica de la que pretenden salir, estúpidamente, con más controles y mayor represión, pese a medio siglo de experiencias negativas con esos métodos, y cuando se palpa una total frustración dentro de los cuadros y militantes del partido comunista. Ante la ausencia total de las &#8221;reformas estructurales&#8221; prometidas por Raúl Castro, los desmoralizados militantes ya saben que ese sistema y ese gobierno, a medio o largo plazo, no tienen salvación porque son incapaces de regenerarse.<br />
Este estado de desánimo general se comprobó en la encuesta secreta realizada por el partido comunista en la Universidad de La Habana a fines del 2008: en un universo de 30,000 personas, supuestamente simpatizantes, sólo el 8% de los profesores y administradores, y apenas el 22% de los estudiantes, apoyaba realmente al gobierno. La inmensa mayoría quería poner fin cuanto antes a ese viejo y desacreditado disparate. La encuesta, por cierto, fue una de las causas de la expulsión de su cargo de Juan Vela, ministro de Educación Superior, quien la autorizó, probablemente convencido de que los predecibles resultados (aunque nunca pensó que fueran tan demoledores) servirían como una llamada de atención frente al inmovilismo del gobierno.<br />
La paradoja mayor, sin embargo, es la relación que se percibe en Cuba entre la supervivencia de Fidel Castro y la creciente deslegitimación de Raúl como su heredero. Mientras más tiempo continúe vivo Fidel, con su terco y congelado estalinismo, más débil y repudiado llegará Raúl al &#8221;gran entierro&#8221;, y menos posibilidades tendrá de organizar la transmisión de la autoridad dentro de las instituciones comunistas cuando él también decida morirse. Ya lleva casi tres años de gobierno y la situación, lejos de mejorar, ha empeorado intensamente. Fidel, durante toda su existencia, construyó a su antojo la vida de su hermano Raúl. Ahora le está cavando una fosa profunda e innoble.</p>
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