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Discusión, Café y Análisis

La importancia de la economía

Jueves
Mar 19,2009

Hoy, una compañera de trabajo me preguntó si ser un editor de economía me había servido en algo para mi vida. Inmediatamente, sonreí y le dije que sí. Ella me contestó: ¡Espero que no haya sido para ser tacaño!

 ”No hay pisto para ser tacaño”, le contesté. Entonces ella, Lilian, sonrió y se fue a su computadora a seguir trabajando. Yo también sonreí y seguí con mis labores, pero me quedé pensando en la pregunta.

La verdad, estar en contacto con la economía me ha hecho darme cuenta de lo tonto que somos algunos jóvenes que vemos esta materia tan necesaria como algo “enredado, lleno de palabras extrañas, cifras enormes y exclusivo del gobierno, de los millonarios, de las bolsas mundiales o de los medios de comunicación especializados”.

Por eso, en mi caso, me di cuenta tarde de la importancia de manejar bien la tarjeta de crédito, de planificar mis gastos quincenales, de pagar a tiempo y no el mínimo, de no endeudarme, de no ser excesivo sino inteligente en las compras, de no tener una visión a corto plazo, y de otros temas más en los que un mortal cualquiera cae sin ni siquiera pensar que son la forma más simple de economía. 

Hoy, en medio de los anuncios de momentos difíciles, la importancia de estas cosas para CUIDAR MI BOLSILLO, MI DINERO, recobran el doble de importancia. 

Afortunadamente un empleo estable en estos últimos siete años -y espero que por mucho tiempo más- me ha ayudado a ir saliendo de mis errores pasados, y trabajar en mi puesto me ha hecho entender como deben funcionar mis finanzas, las de las familias hondureñas, las de los empresarios y las del Gobierno. Obviamente ese entendimiento se debe a la ayuda de empresarios, economistas, funcionarios y profesores que han dado la luz a este cerebro con su conocimeinto y experiencia. Claro, en apenas dos años no puedo entenderlo todo, pero hay avance. 

Además de esa mano, la crisis económica actual es una completa escuela y una invitación para que todos aprendamos economía-porque esta materia está en todo lado y nos incumbe a todos-. La última crisis mundial fue la de los años 30, hace casi 80 años. La verdad no quiero esperar la próxima crisis para meterme en la piscina y aprender.

La invitación va hacia los jóvenes especialmente, porque somos los que más raro y enredado vemos la economía pero somos los que más fácilmente podemos poner en práctica algo que mi madre me dijo y que me gustaría compartir… “aproveche que tiene un trabajo y su juventud para hacer su futuro. Ponga a producir la platica ahora que puede, en vez de gastarla en tonterías”. ¡Muy cierto! 

Ahora le puedo responder mejor a Lilian. “Creo que mi madre fue mi primera profesora de economía -después estuvo Diego, mi profesor de contabilidad en el colegio-, pero yo hasta ahora les entendí el mensaje… Tranquila, no es tarde y tampoco para el que lee y se anima con este artículo a aprender de economía. Yo por ahora, ya puedo empezar a pensar en un negocio propio o en realizar inversiones, pero esta vez sin arriesgar mi bolsillo y mi futuro a corto plazo.

Domingo
Mar 8,2009

Sábado por la tarde, hace dos semanas en un conocido centro comercial de la ciudad. ¿Segura que su empresa puede instalar el servicio de Internet y cable en mi casa? “Sí, claro, a más tardar el martes estará instalado. Somos la empresa con la mayor cobertura de la ciudad. Lo llamaremos antes de ir a su casa para que usted esté ahí”.

Tras dar mi teléfono y pagar los casi 1,400 lempiras por el servicio, estuve pendiente de la dichosa llamada, que había sugerido que me hicieran al mediodía del lunes o martes siguientes porque vivo solo y esperaba dedicar mi hora de almuerzo a la instalación.
La llamada, que me habían jurado hacer sin falta, llegó pero a las nueve de la mañana del lunes siguiente, precisamente en medio de una clase universitaria.
“Bueno, no lo podemos esperar, pero no se preocupe, regresaremos más tarde. Lo llamaremos antes de venir”.
Desde entonces estoy esperando la llamada. Hoy pienso que debería cobrarle a la empresa de cable -en la que me habían ofrecido hasta el alma- las llamadas que me tocó hacer para saber qué pasaba con mi instalación.
“La cuadrilla que fue dijo que no hay instalación cerca de su casa, por lo que un supervisor tendrá que ir para saber si le podemos instalar el servicio o no. él irá mañana”, me dijeron el martes por la tarde.
¿Necesitan que esté allí?
“Lo llamaremos en caso de que se necesite. Esté pendiente”. Tan pendiente estuve, que todos los días fui a mi casa al mediodía para estar justo en el momento en que llegara el supervisor. Quería conversar con él y buscar la solución de mi problema. Sin embargo, el celular no sonó. Hoy creo que debería cobrar por los taxis que tuve que pagar para ir de mi trabajo a la casa y viceversa a mediodía para esperar nada.
El supervisor tampoco llamó nunca y la empresa menos. Por eso llamé el miércoles, el jueves y el viernes. “Mañana lo atenderán”, era la respuesta automática que recibí de los jóvenes de atención al cliente, que contestaban varios minutos después de estar escuchando una cancioncita casi desesperante en el PBX.
El fin de semana preferí olvidar que desde el martes anterior debía tener cable como Ruth, la vendedora, me lo había jurado.
Segunda semana tras la compra. El lunes volví a llamar.  “Lo que pasa es que el supervisor fue a su casa y se dio cuenta de que no se puede instalar su servicio. Su dinero será devuelto, pero eso tomará dos semanas por los menos”.
¿Cómo?
“La devolución del dinero no se hace de inmediato. Lo llamaremos cuando esté listo”. Ésa es otra llamada que sigo esperando. Han pasado dos semanas desde ese anuncio, y este viernes regresé a las oficinas de la empresa y la respuesta fue la esperada.
“El proceso tarda otras dos semanas. Está en trámite; lo llamaremos. Me confirma su teléfono”. ¿Y para qué? Siempre he tenido que llamar e insistir yo. A ustedes no les importa lo mínimo. Debo confesar que deseaba insultar al joven que me atendía y que se deshacía de mi problema con un “buenas tardes, que le vaya bien”.
Sin embargo, me contuve y preferí salir de la tienda, meditar en mi caso, conversar con algunos amigos y finalmente escribir este artículo como prueba de lo que las empresas no deben hacer si quieren sobrevivir a la crisis.


Los pecados

Desde mi punto de vista de consumidor hondureño que ha sido calificado por organismos internacionales como uno de los más desprotegidos al exigir sus derechos, las empresas no deben prometer lo que no tienen. ¿Cómo es posible que vendan servicios que no pueden instalar?
Además, ¿por qué prometen la atención que no son capaces o no están acostumbrados a dar? ¿Nosotros lo llamaremos? ¡Ja, seguro!
¿Y qué decir del servicio al cliente? Teléfonos de atención ocupados casi todo el día, operarios que no contestan y, cuando lo hacen, se les nota el desdén por el problema de quien llama.
¿Y por qué cobran, no cumplen y luego no devuelven? Sin duda, los 1,400 lempiras hubieran servido para otras cosas. ¿Procedimientos? Sí, seguro que las empresas los tienen y que son saludables desde el punto de vista contable ¿pero tan lentos?
En fin… sin duda puedo esperar, pero otros no. De lo que sí estoy seguro es que no volveré a asistir a esa empresa o a sugerirla a otros amigos.

Germán Alberto Briceño Cañón

Editor de las secciones Negocios e Internacional de Diario La Prensa, periódico en el que trabaja desde hace siete años y en el que ha realizado investigaciones en diversas áreas. Es estudiante de periodismo de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula, Unah-Vs.

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